viernes, 19 de julio de 2013

Hacen falta nuevas palabras

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Entrevista. Horacio González. Director de la Biblioteca Nacional 
Los intelectuales y el poder, la escritura como parte de la lucha de ideas, la batalla cultural en estos últimos años son algunos de los abordajes como para interrogarnos. El 27 de abril, se cumplieron 10 años de una elección totalmente bizarra pero épica. Con poco más del 22%, Néstor Kirchner inauguraba una nueva era. A la luz del tiempo transcurrido, ese 22% tiene un significado extraordinario porque muestra que un proyecto a favor del pueblo, a pesar de las adversidades, logra encausarse. “Es que ese número escaso entregaba muchas responsabilidades –dice Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, escritor, miembro de Carta Abierta–. Anunciaba una debilidad constitutiva que casi no desapareció hasta hoy. Y se remarca, con esa debilidad constitutiva, en el interior del todo que está ocurriendo: momentos de mucha plenitud donde se tomaron decisiones de gran importancia. Decisiones que, quizás, no se hubieran tomado con respaldo político, económico y cultural mayor. El kirchnerismo nace de una debilidad, su reflexión sobre el pasado argentino se arma repentinamente, recorre los retazos sueltos de las militancias anteriores y produce el milagro de hacer que se entiendan personas que veinte años antes no sólo no lo hacían sino que se combatían. Y establece, con eso, una gran promesa”.
–¿Una promesa que parte de la debilidad?
–Es que las grandes promesas también las hacen los débiles, por eso me interesa la debilidad. Las decisiones, grandes o pequeñas, se toman, pero es indudable que atravesadas por un horizonte de debilidad. Eso no debe asustar a nadie. Un político profundo es aquel que sabe tratar las horas de infortunio, no aquel que las tiene todas regaladas. Y el kirchnerismo nunca tuvo nada regalado. De tomar todo el cuidado posible para señalar que muchos de los ataques que le dirigieron eran desestabilizadores, ahora es acusado de golpista. Es la fácil reversibilidad de la política argentina. Surgió en una hendidura en la historia, surgió frágil, tomó medidas que suelen tomar los fuertes y se hizo fuerte con esas medidas, ya sean económicas o culturales. Y hoy vuelve a revelarse que la construcción política supone acuerdos de clases más sólidos, políticas económicas más meditadas, políticas culturales que ahonden más en la profundidad del desgarramiento cultural argentino desde el siglo pasado. Muchas veces el kirchnerismo solo no puede lograrlo y no lo soluciona tomando su otro nombre, el del peronismo. Pero creo que siguen habiendo posibilidades y grandes campos de acuerdo. No digo con otras fuerzas políticas porque las que tienen nombre y apellido ya están jugadas en otras cosas. Hablo de acuerdos en el interior de las biografías múltiples, sociales y colectivas de la Argentina; personas, situaciones, conceptos y temas ausentes que tienen que estar de este lado.
–¿Qué lecturas puede hacer del modo de ser de los intelectuales desde aquel 2003 hasta este 2013?
–No puedo decirlo fácilmente porque lo que ocurrió fue tremendo. En realidad, dividió un campo intelectual que tenía acuerdos que se mostraron muy endebles en relación a lo que eran las críticas compartidas al estilo de gobierno de Menem. Ese campo intelectual lo formaban personajes que vivían en un mundo político sumamente adverso al estilo menemista: personas de la vida universitaria, de los escritores de clase media, de quienes trabajaban en suplementos culturales, de los ensayistas. Y a Menem todo eso no le preocupaba. Pero para este gobierno, que llegó con una preocupación intelectual, sí es preocupante lo que pasó. Por ejemplo, miremos la línea de articulistas del diario La Nación. De ellos se pueden decir muchas cosas: tradición liberal, cierto nivel, desde los más áulicos a los más irónicos, etcétera. Hoy, además de esas buenas plumas, de ese sarcasmo de superados, ocurre que lo que antes era un liberalismo que se ocupaba de controlar que no se hablara mal de Borges, por ejemplo, ahora se transformó en un liberalismo sumamente agresivo que, sin tapujos, prefiere llamar Falklands a las Malvinas.
–Usted habla de Luis Alberto Romero y de su provocación grotesca...
–No son provocaciones, sino un tejido oscuro de exabruptos. Pero, de algún modo, si fuera provocación la contiene el diario y roza a otros articulistas más prudentes. Y es sorprendente que venga esa provocación del hijo de José Luis Romero, un sensible socialista. Y También ocurre con el reciente libro de Héctor Ricardo Leis (Un testamento de los años ’70. Terrorismo, política y verdad en Argentina), que está siendo expresado en un espacio específico del diario La Nación. Allí se pide que la memoria de los años ’70 proclame la necesidad de hacer un memorial común, una listado de policías, militares y montoneros muertos, una suerte de asesinatos mutuos. Yo no desdeño el tema del pensar agonístico, que tiene su máxima forma en la expresión autocrítica, pero de ninguna manera me gustaría que haya una política de estilo reconciliatorio hecha sobre bases que alteren una urdimbre última de la historia. Historia que admite que hubo muertos de todos lados, pero que señala como tragedia mayor a las víctimas a manos del terrorismo de Estado, los más indefensos, aunque hubieran tenido armas y aunque también hayan matado. Héctor Leis es un viejo amigo que fue montonero. La idea de alguien que fue montonero y sea tomado por La Nación como “hospitalidad del pensamiento antes adverso que ahora confirma lo nuestro” no es lo que hace Clarín, por lo menos tan claramente, porque le interesa más lo que desde hace décadas se llama operación periodística que revivir viejos trazos de un periodismo que aunque arremete y combate, posee el aliento de la escritura. Con esto digo que hay un liberalismo que ahora tiene una dosis de astucia mayor, y frente al cual siento que estamos con argumentos menores o un poco deshilachados.
–Hay dos elementos inquietantes. Uno es que en el mundo de la creación cultural y artística se vislumbre un cierto disgusto o desánimo por el hecho de que pasó el tiempo y los logros tendrían que haber sido más. Por otro lado, ese mismo pasaje del tiempo lleva a un cierto establishment político a decir que los librepensadores no sirven, algo que inhibe, desacredita y crea una cierta incomodidad...
–Tengo que hablar en términos personales. No soy un librepensador pero tampoco un intelectual orgánico. Se supone que hay líneas de trabajo partidarias que uno tiene que acatar. Pero, ¿cuáles serían? Yo prefiero un tipo de intervención cultural que, efectivamente, resguarde tradiciones clásicas, que pueden ser nacional-populares, liberales, republicanas, todas en su mejor expresión y que busquen los puntos de contacto, que no interpreten la cultura sólo como la manifestación de una industria cultural. Respeto la industria cultural, por ejemplo el giro que dio la Feria del Libro en los últimos años. Ésa es la industria cultural: evidentemente ningún librero o editor va a decir que para editar no se precisa engrudo, ni imprenta, ni capital, ni cadete que reparta lo publicado, ni pagar el porcentaje al autor, montar el stand. Pero eso, antes estaba en un segundo plano. Hoy, esta Feria aparece sumida entre el dilema entre el Gobierno y Clarín. La Feria se está debilitando enormemente porque aparece en un intento salvador, en su condición casi eminente de industria cultural, y cuando la industria cultural es el resumen de la cultura de un país se desequilibra respecto de las grandes tradiciones humanísticas que son siempre sus interlocutoras. Eso está pasando aquí y en todos lados. Y, como funcionario del Estado, no me parece bien. El Gobierno debería atender estas cuestiones con mucha más dedicación: no alcanza con financiar más y comprar millones de libros, aunque eso, que festejo, no lo haya hecho nadie hasta ahora y está muy bien que este gobierno lo haga. Pero se corre el riesgo de no rendir históricamente lo que en efecto significa que haya inversiones culturales y que haya industrias culturales, lo que en efecto significa la promoción de líneas de trabajo, de personas, de corrientes estéticas, para llegar finalmente a la más sutil de las paradojas: la obra autónoma emergiendo de la propia industria cultural. Claro que también se corre el riesgo de creer en la idea de que escribir es un acto solitario, independiente de las condiciones políticas y económicas de un país. Para mí, la Feria siempre significó eso, planos intercambiables en la economía y el orden de los símbolos. No se puede desequilibrar eso. Sin dejar de lado lo que todo feriante sabe: mejor vender más que vender menos, mejor ganar dinero que no ganarlo. Pero eso no es lo fundamental de la Feria. Lo que pasa hoy en la Argentina es que el debate político de trincheras que hay es poco interesante para todos. Ni Arturo Jauretche puede refutar totalmente a Tulio Halperin Donghi ni Halperin Donghi puede refutar totalmente a Jauretche. Precisamos una tercera escritura que, probablemente, no deba ser la de los escritores de La Nación y que se acerque o potencie más a la ya larga experiencia de Página 12. En lo personal, claro, espero que esa tercera escritura que intervenga en la política de la Polis se parezca más a la de Página 12. Dicho esto, estoy muy contento de haber votado en 2003 a una persona que ni conocía.
–¿No lo conocía a Néstor Kirchner?
–No, conocía a algunas personas que me dijeron que estaban trabajando con él. Creía que eran los sempiternos fabricantes de humo. Y me equivoqué. Del mismo modo, me gustaría que ahora, desde la debilidad de una fisura de la historia, surja un nuevo tipo de escritura. Pero hago una acotación: hay muchos jóvenes escritores excelentes, Martín Kohan, por ejemplo. Pero no sé por qué abusan de una ironía permanente que les impide transformar esa escritura en una experiencia de mayor peso ontológico. Sé que puede burlarse de esta expresión y escribir 20 líneas filosas en Perfil de gran elegancia contra la palabra “ontología”. Hay un montón de muchachos que escriben bárbaro pero algo les impide entregarse con más pasión a lo que está ocurriendo en la historia del país. Eso lo tenemos que seguir analizando. Proust tiene alegatos políticos impresionantes entretejidos con la microscopía de la charla musitada en salones aristocráticos.
–Cuando dice “lo que está ocurriendo”, ¿es la política?
–Quizás es un modelo de política, el sentimiento de que no se haya renovado lo que llamamos el personal político, el tipo de debate que hay en la Cámara. Ya una vez, en el momento estudiantil de hace 30 años, vi a uno, creo que hasta fui yo, que le sacó el enchufe al micrófono a otro orador. Después me arrepentí toda la vida.
–¿”Creo que hasta fui yo”? Hábil declarante...
–Bueno, pero ahora uno ve eso y dice “la pucha, cómo este país es así, ¿así se va a debatir?”.
–Está bien, se puede responsabilizar a la clase política, pero, ¿no habría que debatir también cuál es el verdadero rol actual de la cultura en el país? Porque si no pareciera que el intelectual queda fuera de esa discusión, que la clase política es la culpable de que el intelectual no pueda acercarse...
–Hay una situación de la política cultural del Gobierno que no está definida claramente. Bueno, eso tiene que ser posible de discutir.
–Hay muchos dispositivos que podrían promover verdaderos debates. Uno escucha a los legisladores en la Cámara y no se encuentran debates. Hay, sí, un tiempo otorgado para hablar. Hay, sí, legisladores que dicen “señor presidente”, “señora presidenta”. Pero hacen uso de su tiempo de una manera casi autista hasta que en algún momento hay algo que no gusta y lo desenchufan…
–Falta un Lisandro De la Torre, un Alfredo Palacios, un John William Cooke, los grandes oradores. Alguien convenció a los parlamentarios y los hizo felices con esta convicción de que no había que constituirse más en el seno de una retórica. Simplemente había que ir a comisión, aceptar el voto del bloque y hacer dos o tres chicanas de tanto en tanto. Bueno, la decadencia de la vida parlamentaria puede ir en consonancia con la decadencia de la vida cultural. Pero eso no quiere decir que no haya un debate trascendental. La ley de medios o la democratización de la Justicia son debates trascendentales. Falta, sí, esa gran voz, aquellos oradores del pasado que hoy no existen. Además, el tipo de periodismo que se está haciendo apunta al diputado al que le desenchufan el micrófono o a la falla que pueda tener el sistema electrónico porque el país vive bajo estado de sospecha, no bajo estado de una oratoria creativa.
–Esas ausencias, ¿no están mostrando un poder que crece del centro a la periferia, que es radial, que se construye en la oposición desde Magnetto a la periferia y en el kirchnerismo desde Cristina a la periferia?
–Si se percibiera que es un debate por un modelo de país y no por un mero ejercicio de la vida cultural sería un debate interesantísimo. Puede parecer un dilema empresarial también, pero sabemos que tiene que ser un dilema de lenguaje lo que está ocurriendo en la Argentina. Hay buena parte del periodismo que no está dispuesto a constituir una nueva lengua nacional. En esa lengua nacional se puede decir de todo y hasta puede generar un hecho muy atractivo con el insulto. Pero en los grandes diarios, en el periodismo electrónico, cada vez que abre sus comentarios a personas que no se saben quiénes son, que actúan anónimamente, lo que hace es desbaratar el horizonte de comprensión lingüística del país. Entonces se habla, casi siempre, con injurias de todo tipo, con argumentos soeces, cloacales. Uno puede decir “yo eso no lo leo”, pero detrás de cualquier artículo de estos, de La Nación o de Clarín sobre todo, hay 3.000 opiniones injuriantes que tienen enorme fuerza política de cambiar todo el lenguaje nacional. Y hacer política por medio de ese lenguaje cloacal finalmente hace al sujeto político colectivo, que antes se pudo llamar rosista, unitario, yrigoyenista, personalista, peronista, antiperonista, desarrollista, un individuo que navega en una corriente enmerdada, como si fueran aquel personaje, el conde Smerdine (no recuerdo si se llamaba exactamente así), en Orlando, de Virginia Woolf. Hoy no sabemos cómo se constituye ese sujeto político nuevo que se expresa, muchas veces, saliendo a la calle de forma insultante sobre distintos temas. Eso es lo que más me preocupa, la destrucción interna de la lengua nacional.
–Decía “una sociedad bajo sospecha”. Se implanta una corrosión para que la sociedad sospeche sin saber de qué tiene que sospechar. ¿Se puede destejer desde algún lugar esa escasa paciencia argumentativa?
–Debe poder hacerse. Pero, insisto, tiene que haber una tercera voz, porque las voces que hay son de los dos núcleos centrales que están debatiendo. Uno dice “usted está odiando, odiar no se puede, no se puede pensar odiando”. Y el otro, ¿qué dice?, lo mismo: “Odiar es la mejor manera de no pensar nada”. Muchas veces las acusaciones son más o menos semejantes. Después aparece el Papa hablando del amor y todos hablamos del amor. De modo que hay que inventar alguna forma de terciar en esta polémica de una manera realmente más interesante. Un “tertium datur”, como decían los antiguos filósofos. No se lo puede hacer a través de las vías electrónicas conocidas de la expresión de lenguaje, ni a través de las operaciones periodísticas gigantescas como las que hace el Grupo Clarín. Clarín y el nuevo fenómeno que es Lanata. El mismo Lanata creador de Página 12, de Día D; el periodista que formó periodistas y al que tantos seguimos; el que hace dos años criticaba a las familias Noble y Magnetto por las mismas razones que ahora critica a la familia Kirchner. Es algo muy desgarrador en un país que ocurra eso. Y el nombre de Lanata recubre ese gran desgarramiento, y no lo digo para agraviarlo sino para proponer también que se debata esto como un gran problema de la ética del periodismo argentino.
–Pero ocurre que hay audiencias cautivas. Allí está el rating más alto de un programa periodístico sin desnudos hablando de corrupción...
–Se convirtió en el gran tema como lo fue el folletín del siglo XIX. La corrupción es uno de los temas de Alejandro Dumas, de Balzac. Y es un gran tema para la sociedad argentina. Aparece un ministro de Economía diciendo algo fuera de micrófono. Todos somos presos de un error, nadie tiene un argumento infalible y los residuos de nuestra lengua casual pasaron a ser más importantes que un argumento, como si un psicoanálisis abaratado nos persiguiera a todos en la cola de actos fallidos que dejamos a nuestras espaldas. Lo que podemos tener, a lo sumo, es una gaffe que nos haga más distraídos de lo que somos o tontamente famosos durante un minuto. Pero ya nadie tiene o se respetan grandes argumentos. Y Lanata, sin llegar a la altura de Tato Bores, es el que reúne esa asamblea de gags con un tema de profunda significación para la vida de las personas como es la corrupción. Hay una especie de inteligencia turbia funcionando acá y eso hay que desarmarlo, mejor dicho, reconstituirlo, refutarlo con ideas escénicas mejores, que es urgente que aparezcan.
–Luego de ocho años al frente de la Biblioteca Nacional, ¿está cansado o acepta más desafíos?
–Estoy preocupado. En la preocupación está la idea de la advertencia, de tener cuidado con lo que se hace, y también está la chispa siempre encendida de querer seguir participando en lo que vale la pena de ser transformado en la Argentina, pero en plan de realidades diferentes. Aquella vez, hace diez años, éramos débiles. Y había una promesa que se expresaba de una manera muy vivaz. Hoy hay una situación diferente, hacen falta nuevas palabras, nuevas llamadas, nuevas convocatorias. Ser débil sirve si se complementa con lenguajes movedizos, ajenos a estereotipos que ya nacen concesivos.
–Cuando se refiere a “nuevas palabras”, ¿no es tiempo también de que esas palabras se hagan públicas?
–Claro, y que peleen públicamente con aquellas palabras que someten a un examen de desacreditación muy grande a la figura de Néstor Kirchner. Aquellas palabras que hacen pasar a Kirchner de ser el Eternauta, de enfundarse en el famoso buzo de Juan Salvo, a ser una persona que habla sólo con negociantes, con personas que tienen cuentas bancarias raras en el exterior. O sea, todo eso está en juego. Está en juego, ni más ni menos, que la figura de Kirchner y el modo en que no se puede perder el rumbo (complejo y entrecortado, lo sabemos), que implica poder cambiar un país.


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